De vacas mirando el tren… a centinelas del amanecer

Encuentro de Hermanos Religiosos – Otoño cordobés
Casa Noviciado Claretiano de MICLA | Espacio de Hermanos Religiosos – CONFAR

 

Síntesis

En el Encuentro de Hermanos Religiosos en Córdoba, se propuso superar la postura pasiva ante los cambios eclesiales, invitando a dejar de ser «vacas mirando pasar el tren» para convertirse en centinelas del amanecer. La reflexión destacó la necesidad de abrazar las propias fragilidades, inspirados en el kintsugi, y ser hermanos verdaderos que reconocen la vida emergente en la noche, garantizando así el futuro de la vida religiosa.

En medio del otoño cordobés, nos reunimos Hermanos Religiosos de distintas congregaciones, historias y acentos. Esta estación del año posee una espiritualidad directa: los árboles dejan caer sus hojas sin necesidad de comisiones de discernimiento. Nosotros, en cambio, todavía estamos aprendiendo.

Durante el encuentro, una de las frases más sinceras resonó con fuerza: “A veces parecemos vacas mirando pasar el tren”. Es una verdad que duele. Contemplamos los cambios culturales, las nuevas generaciones, las crisis eclesiales y las búsquedas actuales, pero a menudo nos quedamos quietos, rumiando documentos mientras el mundo cambia de estación. Confundimos prudencia con parálisis y, si somos honestos, el cansancio con la madurez espiritual.

En esa realidad emergió la figura de Nicodemo, quien buscó a Jesús en la noche. Quizás nos parecemos a él:

  • Amamos a la Iglesia, pero nos sentimos agotados.
  • Sostenemos la vocación, pero a veces perdemos la alegría.
  • Vivimos en comunidad, pero actuamos más como administradores de convivencia que como hermanos.

Jesús no adula a Nicodemo; lo desafía con una verdad incómoda: “Tenés que nacer de nuevo”. Nos recuerda que no alcanza con lo que venimos haciendo, ni con defender estructuras, ni con la simple supervivencia.

Frente a esto, apareció la imagen del kintsugi, el arte japonés que repara la cerámica rota uniendo las grietas con oro. Ellos hacen arte con las roturas; nosotros a veces organizamos reuniones eternas para ocultarlas. Durante años nos enseñaron a mostrarnos siempre fuertes, equilibrados y disponibles. Por eso, la verdad solo aparecía en los pasillos o en la sobremesa.

Este encuentro dejó claro que las grietas no son el problema; el problema es fingir que no existen. Nadie necesita religiosos perfectos. El mundo necesita hermanos verdaderos, capaces de decir: “Estoy cansado”, “Necesito ayuda” o “Todavía sigo buscando”.Porque es justamente en nuestras fragilidades y vulnerabilidades donde la gracia encuentra espacio para abrirse camino. No es la perfección la que nos acerca a Él, sino la verdad de un corazón que se reconoce necesitado y se deja habitar por su amor.

Fue así como la perspectiva cambió. Dejamos de hablar de vacas que miran el tren para reconocernos como centinelas. El centinela no controla el amanecer, no fabrica la luz ni tiene todas las respuestas, pero permanece despierto para reconocer la aurora antes que otros. Nuestra vocación más profunda hoy no es ocupar el centro, defender nostalgias ni maquillar el agotamiento, sino descubrir dónde sigue naciendo la vida.

Y la vida todavía es visible:

  • En los jóvenes que buscan sentido.
  • En las comunidades pequeñas pero profundamente humanas.
  • En los hermanos que eligen volver a rezar juntos.
  • En los gestos simples donde el Evangelio sigue circulando.

El problema actual no es que seamos menos hermanos; el verdadero peligro sería dejar de esperar el alba. Mientras existan religiosos capaces de buscar en la noche, de reírse de sí mismos, de mostrar sus grietas sin vergüenza y de permanecer despiertos, la vida religiosa tendrá un futuro lleno de esperanza.

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